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La caza del zorro con perros de rastro
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Sin duda es Galicia el lugar de la Península Ibérica donde más predicamento tiene esta modalidad de caza, especialmente en todas sus comarcas litorales. Hoy por hoy este tipo de caza generalmente se lleva a cabo por parte de cuadrillas organizadas, muchas veces especializadas, de alrededor de unos 10 miembros que usan un número variable de perros de rastro, la mayoría de las veces de origen heterogéneo pero con un importante peso específico en su sangre de perros de rastro del país, beagles y pequeños griffones. Yo personalmente prefiero cazar el raposo como siempre he visto hacer, es decir: 1-4 cazadores, un corto número de perros y sin miedo a hacerlo en montes grandes. Así es como he cazado este animal toda mi vida y así las fuerzas se equiparan, dando mayor margen al raposete y por tanto sacando de su caza el mayor jugo posible. Antes (no hace tantos años) a los cazadores especializados en la caza del zorro, a veces conocidos en bastantes kilómetros a la redonda, se los denominaba “raposeiros” por dedicarse exclusivamente a la caza del “raposo” o “gholpe”, por supuesto siempre con perros de rastro. Sin duda los grandes protagonistas de esta modalidad, como no puede ser de otra manera siempre que un orejón esté por medio, son los canes. Existe la creencia en algunos lugares de que casi cualquier perro vale para cazar raposos; desde luego un zorro no es una liebre, pero haremos mal al pensar esto. En Galicia le gente no duda en hacer muchos kilómetros y gastar dinero buscando la mejor sangre posible para dedicarla al zorro, seleccionando y por ende desechando muchos perros por el camino. Sin ir más lejos, uno de los mejores sabuesos de jabalí (tanto a traílla como suelto) que he visto cazar en mi vida procede de una vieja línea coruñesa de perros raposeiros del país. El raposo es un animal de costumbres, pero a la vez, a poca experiencia que acumule, es un animal muy astuto y ladino, muy atento siempre a perros como a escopetas y que a cada paso trata de zafarse de sus perseguidores, recurriendo a veces a cosas difíciles de imaginar; es, sin duda, una pieza de caza con abundantes recursos. Animal poco sofisticado a la hora de encamar, puede sin embargo hacernos vivir persecuciones memorables. La principal pega del raposo es que tiene la fea costumbre de encuevarse cuando se ve muy acosado. No obstante yo he vivido persecuciones de más de 6 horas desarrolladas en una amplia extensión de terreno (los viejos machos dan mucha guerra), siendo nada extrañas las de dos, tres o cuatro horas sobre todo si cazamos con perros que, sin resultar lentos, tampoco sean el R25 de Fernando Alonso. Debemos pensar que en las zonas donde se caza con más entusiasmo sufren una alta presión cinegética, de manera que los que quedan a mediados de noviembre ya están muy resabiados. El zorro durante la persecución tiende a cruzar muchísimo sus rastros: frecuentemente hacen múltiples idas y venidas en una escasa porción de terreno, obligando a los perros a serenarse y aplicarse muy seriamente sobre la pista para descifrar el embrollo y encontrar el peón bueno; además juegan a menudo con elementos artificiales tales como viejos muros de piedra, edificaciones abandonadas, antiguos canales y caminos cegados de maleza, las bocas de sus agujeros, vallas y alambradas, cursos de agua, pistas y carreteras, túneles de todo tipo, puentes, árboles... la lista es larguísima, no dudan en colarse dentro del jardín o la huerta de una casa, de pasar por delante de la iglesia durante la misa del domingo a la vista de media parroquia o en atravesar un gran pasto “precisamente” por medio del rebaño de vacas que se solaza en él. Con esto el raposo intenta despistar a los perros o imposibilitarlos para perseguirlo, muchas veces marchándose por donde sabe que los perros no puede pasar (por ejemplo, he visto como sistemáticamente uno se iba por un pasto vallado y defendido por dos mastines, él pasaba, pero los sabuesos, que delataban su presencia con sus latidos, veían cortado el paso por aquellas dos moles peludas de muy malas pulgas). Siempre pensando en cómo deshacerse de sus perseguidores, tras él he presenciado pérdidas definitivas extraordinariamente curiosas. Unas veces tras un par de tiros de la vieja paralela, otras veces recién iniciada la persecución o después de un buen trecho de la misma, el raposo perseguido ha desaparecido como por arte de magia de la faz de la tierra. Recuerdo un raposo que varias veces realizó la misma jugada en un viejo pinar raso; todavía hoy no entiendo cómo lograba zafarse de los perros (excelentes y muy veteranos), pero era llegar a ese punto y... adiós: silencio absoluto. De todas maneras las más extrañas circunstancias en este aspecto las he vivido después de pegar un par de fogonazos con la Hércules: recuerdo varias ocasiones en las cuales después de tirarle a un raposo los perros al llegar al lugar del tiro se despistaron completamente, como si de repente les faltase rastro que llevar a la trufa. En una de esas ocasiones después de mucho insistir nos marchábamos por un camino cuando al mirar de casualidad a mi derecha descubrí al raposo agazapado en la cuneta a un par de metros de nosotros y los perros; por supuesto en el momento en que me vio mirarle... ¡pies!, monte y nueva algarabía perruna. Resulta curioso observar cómo un animal que normalmente deja un rastro abundante para su tamaño es capaz de, en un momento dado, dejar a una jauría de buenos perros de rastro fuera de combate; realmente da qué pensar. Su caza es, para mí, una de las más divertidas y entretenidas que he practicado con perros de rastro (si no la más). Si la zona de caza es abundante en zorros el territorio de un raposo abatido en pocos días es rápidamente conquistado por un nuevo inquilino que, si bien suele encamar más o menos en los mismo lugares que su predecesor, normalmente cambia sus preferencias en cuanto a vías de escape, yéndose más rápido y más lejos de lo acostumbrado, añadiendo de esta forma mayor incertidumbre y dificultad a su caza. Además el zorro, al tener un rango de huida menor que jabalíes y corzos, permite escuchar a los perros la mayor parte del tiempo con todo lo positivo que ello implica. Para cazar raposetes en gran parte de Galicia es necesario contar con perros muy correosos en la leña; nuestras vastas extensiones de “toxo” obligan a los perros a trabajar en condiciones muy duras, de manera que parte de sus orejas y el último tercio de su rabo, incluso en ocasiones parte de sus flancos, estarán casi siempre medio pelados, sangrantes y llenos de postillas. Han de usarse perros que aprieten la caza igualmente a los 15 minutos del levante que al cabo de un par de horas, perros que no piensen en otra cosa que en acortar la distancia que les separa de la pieza que persiguen. Los perros que pierden codicia o facultades físicas, disminuyendo el ritmo al cabo de un rato de persecución, o bien que son lentos, no sirven más que para cazar zorros en matas pequeñas o en batidas con bastante gente. Son infinitamente mejores perros que agrupen muy bien, de paso apretado (sin pasarnos, que el zorro si lo apuramos muchísimo enseguida busca el agujero) pero a la vez constante, capaces de perseguir al mismo ritmo durante mucho tiempo. Por supuesto cuanta más nariz acompañada de neuronas bien interconectadas, mucho mejor: levantaremos perdiendo poco tiempo y con relativa facilidad a última hora de la mañana y por las tardes, y sobre todo tendremos muchas más probabilidades de desliar con éxito los rastros cruzados y recruzados de los cuales tanto uso hace el raposo, de no pasarnos en los cortes y de resolver las posibles pérdidas, haciéndolo además mucho más rápidamente; con perros de excelente nariz, que agrupen bien y de buen paso las persecuciones tendrán gran continuidad e intensidad y no se desarrollarán a tirones, desorganizadas y deslavazadas. Asimismo los perros deben ser mordedores, perros con mucho genio, que no duden en matar a un raposo herido de un centelleante mordisco en la nuca. Un zorro herido y encuevado por la mañana hay que ir a buscarlo de nuevo después de comer, ya que es muy raro que se dejen morir dentro de los agujeros; además después de un rato lo normal es que vuelvan a salir, estén heridos o no. Yo he cazado el zorro con varios bassets azules que prolongaban por sistema la persecución bajo tierra, luchando en las cuevas como perros de madriguera, matando a su contrincante o haciéndolo salir; sin embargo esta práctica la considero indeseable, ya que ocasiona en los perros muchas heridas y en los cazadores mucha intranquilidad, visitas al veterinario y tiempo perdido. Si el tiempo es frío y seco es deseable esperar una hora hasta después de amanecer para empezar a cazar, ya que el zorro suele encamarse bastante tarde y si esperamos lo encontraremos más fácilmente en “donde debe estar”. Para conseguir perros de rastro aptos para la caza del zorro lo mejor es iniciarlos en solitario con el conejo desde los 4 meses. Con el conejo se acostumbrarán a buscar, a bajar la nariz, a insistir con inteligencia en las pérdidas y a ser muy esclavos en la maleza. Si no resultan buenos para el conejo es inútil meterlos al raposo, ya que muy probablemente tampoco servirán. Una vez que son capaces de buscar, levantar y perseguir conejos con corrección, una buena cosa es levantarse al amanecer en verano y llevarlos donde sabemos que ha criado una raposa para que persigan los zorretes que a esa hora estarán jugando en algún claro, colocándonos en los agujeros para impedirles refugiarse en ellos; los zorritos dan un trabajo parecido al de los conejos y los perros se pican con mayor facilidad. Después todo es ir aumentando la dificultad con mucho monte, intercalando el trabajo en solitario con salidas con veteranos hasta que el cachorrón se halle perfectamente integrado en la jauría. Por otro lado, si no queremos que hagan caso de los corzos o jabalíes no queda otro remedio que usar la traílla y con ella desincentivar en el perro los rastros de animales no deseados, tal como se hace con los sabuesos dedicados al jabalí, es decir, llevando al perro adonde veamos un corzo (u otra pieza no deseada) y castigándolo cuando pique su rastro, intercalando esta práctica con rastros de zorro sobre los cuales se premiará al sabueso. Esta fase es muy trabajosa y a menudo ingrata, pero debemos prolongarla hasta conseguir que el perro, suelto, haga caso omiso de los rastros no deseados (¡qué fácil suena!). En resumen: necesitamos tres o cuatro perros que agrupen bien, de buen paso y muy constante, con la mejor nariz que podamos encontrar, poseedores de una voz alta y clara, muy audible en la distancia o un día de viento o lluvia, perros con mucho genio, gran iniciativa y muy codiciosos, tenaces, inteligentes y resolutivos. En definitiva, excelentes perros de rastro que además estén perfectamente construidos. Es importante no pasarse en la altura de los perros a utilizar; depende de la orografía y la vegetación, pero en general iremos mejor servidos con perros de hasta 50 cms. Mis paisanos gallegos y yo apreciamos mucho esta caza porque es entretenida y muy movida; obliga a conocer perfectamente el monte que se está cazando, las querencias y comportamiento del zorro y a saber interpretar lo que en cada momento nos están diciendo los perros para así saber movernos (si es necesario) y colocarnos (siempre en silencio, siempre semiocultos), adelantándonos al instinto del animal perseguido. David Taboada Camba |
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