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Un día un tanto especial Imprimir E-Mail

 Aquel día decidimos ir a las antiguas casas de Trus, a un monte delimitado por el río y pastos vallados. Lo frecuentamos mucho, lo conocemos como la palma de la mano y allí hemos cazado mucho con los azules y con los que hubo antes de los azules. Allí vi la primera liebre de la que guardo conciencia, allí cacé mi primer corzo coruñés y allí he disfrutado mil veces mil de los sabuesos tras los conejos, las liebres, los raposos, los corzos y los jabalíes. Un monte ni muy grande ni muy espeso, pero extraordinariamente querencioso para la caza.

 Aquel día era un domingo de noviembre y había helado, y aunque las heladas en noviembre y en A Mariña dos Condes son bastante ligeras, ese día hacía frío.

 Según bajamos del coche nosotros y los perros tomé pronta delantera para irme a mi sitio, que es al que más se tarda en llegar. El silencio y la quietud del monte en una mañana de helada es algo digno de gozarse. Yo me coloco al final del todo del monte en cuestión, mi padre se coloca arriba y mi hermano guarda la trasera. Los perros ya saben donde tienen que buscar. No hace falta hablar, allí es siempre así y punto.Image

 Aún no había llegado al larguísimo y estrecho prado pegado al río que me toca cubrir cuando ya comencé a oír los primeros compases de la música que todos los cazadores de rastro anhelamos escuchar. Apuré los últimos metros entre “salgueiros” para avistar de una vez el prado, no fuera a ser que al raposo le diera por tirar millas sin más. Llegué y me pegué al monte en una posición en la que la visión es muy extensa. Allí es necesario vigilar el final del prado porque a veces el raposo huye hacia otro pequeño monte, despistando a los perros al atravesar por dos veces una malla ovejera que éstos son incapaces de superar. Una vez que lo ves allá, tan tranquilo y ya confiado, no hace falta otra cosa más que dejar que el animal se encame de nuevo, bajar los perros, pegarse una caminata, retomar el rastro y seguir con la persecución.

 El levante se produjo en una explosión de voces atronadoras. Sin duda el raposo iba a tratar de despistar a los sabuesos antes de dar la cara. Eso trató durante un rato, pero cada vez se le venían más y más encima, acorralándolo en una carrera entusiástica de voces aulladoras “in crescendo”. Estaba claro que el bicho iba a salir de un momento a otro, no le quedaba otro remedio. Sabíamos que un raposo por aquellos lares había entrado en el gremio de los “mariñeiros”, le gustaba el agua por fría que estuviera sin molestarse en cruzar por algún tronco caído o “pontella”, así que aparte del paso lejano tenía que vigilar el río.Image

 Ya sentía a los azules dar la vuelta alborotando como locos, encaminándose hacia las posiciones de mi padre arriba o mía abajo; ni una sola pérdida, ni una sola duda, solamente leña y más leña al raposo sin titubeo alguno. Miré a mi derecha y cerca del final del prado vi saltar un bicho de color totalmente blanco. Corrí hacia allí para verlo mejor y distinguí al fox terrier abandonado que vivía allí desde hacía algunos meses, sisando la comida a los mastines que cuidan las ovejas.

 Maldije al puñetero perro que me había arrancado de mi guardia, di media vuelta y corriendo volvía a mi posición cuando al alzar la vista en la carrera, ya vi al raposo atravesando el prado en línea recta hacia el río. Me paré, levanté la Hércules y le solté el izquierdo full choke, el terreno se desploma hacia el río y lo dejé de ver, así que seguí corriendo. Cuando llegué ya lo vi en el agua, nadando muy maltrecho pero llegando a la otra orilla. Lo rematé, avisé por el walkie a mi padre y a mi hermano, y ya llegaba la jauría. Como pude los contuve para que no se tiraran mientras el raposo flotaba varado en la otra orilla.

 En vista de la situación, y dado que no hay puentes cerca,  que no somos capaces de dejar una pieza en el monte tirada de cualquier manera, y que además los perros no habían mordido el raposo, procedí a despelotarme, me eché al río, lo cogí, lo traje y se lo di a los perros. Es su recompensa.

 Son fáciles de imaginar las risas que nos echamos los tres, o más bien las que se echaron los otros dos a mi costa mientras salía del río en pelotas y con el raposo en la mano. Aún nos reímos hoy cuando lo recordamos.

 Mi padre decidió volver con los perros más arriba, por si quedaba alguna otra pieza. Yo no cambié de postura, y no habían pasado 5 minutos desde que me había acabado de vestir cuando la orquesta volvía a tocar música celestial. Eran mejores tiempos para el zorro. Los perros habían tomado otro rastro y el raposo estaba ya en movimiento en el monte. De nuevo llevaban la pieza en el aire.

      Estaba yo embelesado con la persecución cuando detrás de mí sentí un grito que jamás había escuchado antes:

-      ¡Aaarrhhjjjj!  ¡Aaaaaarrrhhjjjjj!

      Me di la vuelta y vi a unos 70 m. una mancha marrón, como una culebra gorda y enorme que a saltos se dirigía directamente hacia mí sin parar de emitir esos gritos. Yo nunca tal cosa había visto, era de color marrón oscuro y brillaba al sol magníficamente por entre la hierba del pasto. Si digo que no me alarmé un tanto mentiría, ya que el bicho me gritaba directamente a mí y se encaminaba hacia mi posición sin miedo de ningún tipo. Yo levanté la escopeta y apunté. Cuando llegó a unos 40 m. le grité y nada, el bicho seguía frente a mí gritando. En aquellos momentos ya distinguí algo del color gris de la papada y el pecho, la cabeza afilada y una extraña cola, no levantaba mucho del suelo pero abultaba bastante más que un zorro. No se paraba, así que aseguré la culata al hombro decidido a cargarme lo que asomase por la loma que hacía el prado. Cuando reapareció a unos 20 m. se paró en seco y se levantó sobre las patas de atrás. Me di cuenta de que tenía delante una nutria (“lontra” decimos aquí) enorme, la más grande con diferencia que he visto hasta el día de hoy, y he visto unas cuantas, vivas y muertas. Era magnífica, preciosa y me miraba. Aún se acercó a mí un poco más, ya más curiosa que agresiva. Nos estudiamos en silencio el uno al otro durante unos segundos.

           ImageEl momento mágico se esfumó, la nutria se giró dirigiéndose al río. Se fue tranquilamente, sin apuros, y se paró otras dos veces para mirarme, la última ya en la misma orilla del río, justo antes de deslizarse por su tobogán de barro hacia el agua.

         Jamás la olvidaré. No sé porqué se enfadó conmigo, gritándome de aquella manera, pero le agradezco que lo hiciera, ya que me brindó uno de esos momentos extraños que nos regala el monte muy de vez en cuando.

           Mientras todo esto pasaba, el raposo había tomado las de Villadiego, más allá de la malla de las ovejas pero hacia la autopista. Saben perfectamente donde se encuentran a salvo.

          Cuando nos juntamos y les conté lo que me había pasado. Al principio no me creían, pero después ya convencidos y por enésima vez, mi padre nos contó la historia de un cazador y pescador: “O Moreno”, que durante los años 50-60 vivía principalmente de la pesca de truchas con caña en aquel río y sus afluentes. Pescaba maravillosamente, pero siempre con caña y solamente con caña. Fue cazador de nutrias con sabuesos y esa historia, que había escuchado de boca de mi padre muchas veces,  la escuché una noche veraniega de su propia boca cenando cerca de Betanzos, en su aldea:

         “Cuando iba a pescar, llevaba siempre que podía la escopeta y los perros, para aprovechar bien el tiempo. En cierta ocasión me regalaron una grifoncita marrón y negra que casualmente, y sin duda debido a mi afición por el río, se picó con las nutrias sin mayor intención por mi parte. Las nutrias eran competencia para mí y además pagaban estupendamente sus pieles, así que cuando la perra daba con alguna, dejaba la caña, agarraba el hierro y esperaba a que en algún momento de la persecución la “lontra” diera la cara. La grifona las perseguía nadando, buceando y corriendo por la orilla, y las desalojaba de sus escondites bajo las raíces de los árboles a fuerza de insistencia, genio, olfato y experiencia. Cuando la nutria buceaba y la perra perdía la pista, lo que hacía era registrar una por una y sistemáticamente todas las “zochas” del río, hasta dar de nuevo con ella, era infatigable, todo fuerza y valentía. Cuarenta y ocho nutrias le maté a esa perra, hasta que enfermó y murió”.

          Después las truchas empezaron a morir a causa del cemento, la electricidad, etc... y con ellas las nutrias y la lucrativa actividad de “O Moreno”. Pero con el tiempo las señoras del río volvieron, y hoy vuelven a abundar, aunque se alimentan sobre todo de cangrejo americano y los visones del nuevo mundo les hacen competencia fortísima.

         “O Moreno” sigue por allí y cuando aquella noche cenando después de oír su historia le conté lo que me había pasado, noté que le brillaban los ojos y que me miraba con esa mirada arrugada de tiempo vivido con la que los ancianos nos miran a veces a los jóvenes. Me preguntó:

       -        E logho, ¿como non lle deches pólvora?

       -      ¿E pra que, Moreno?

       -        Tamén tes razón.

         Y vertió aguardiente en mi pocillo, aún caliente del café de pota.

        La última vez que lo vi buscaba rastro del raposo en Ghobia una orballenta mañana de otoño, dos perros de rastro del país sujetos con cordones, la vieja paralela al hombro y un paraguas negro colgando del cuello de su raída chaqueta de pana...

                A tu salud, “Moreno”, a la tuya y a la de todos los viejos sabueseros de mi tierra.

          David Taboada Camba
 

 
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