INICIO arrow ARTÍCULOS arrow Lo que opino
Lo que opino Imprimir E-Mail
Hace algunos dias

un alumno, ecologista por más señas, relacionando mi nombre con esta revista, me dijo: “¿Así que tú (el usted ya no se usa en las aulas y es una pena) eres el de los sabuesos?” Y a renglón seguido sobrevino una larga discusión en la que pude constatar cómo aproximadamente el 95 % de mis alumnos son ecologistas más o menos activos, más o menos militantes.

Ni que decir tiene que admiro y respeto a estos jóvenes universitarios defensores del valle del Cambrón y de Cabañeros. Como cazador, tengo que ser coherente con mi propia actitud hacia la naturaleza y su conservación, y quitarme el sombrero ante el ímpetu y el empuje de estos muchachos. Hasta ahí, ecologistas y cazadores perseguimos lo mismo: la conservación del medio integral, porque sin medio no hay vida (dicen ellos) y sin medio no hay caza (decimos nosotros). Nuestras posturas son acordes y complementarias. ¿Dónde empieza el desacuerdo?

En el mismo punto en que uno trata de convencerles de que la caza es necesaria, de que la caza es justa con el animal, de que el cazador es un caballero deportista que no persigue a los animales por el afán de acabar con su vida o para saciar unos impulsos apresivos reprimidos.

 Ahí, justamente ahí, comienza la debacle. Los chicos argumentaban que no, que ese tipo de cazador no existe o abunda poco; comienzan a despreciar el sempiterno rosario de pecados hasta que uno se dice a sí mismo: “bien, tienen razón, pero no deberían tenerla. ¿Tan bajo hemos caído los cazadores que no podemos defendernos, salvo con cifras –argumento final- del dinero que “mueve” la caza? Y uno se enrabia y se revuelve, se da cuenta de que los chicos conocen la letra, pero no la música, el “son” de la caza (¡”Ay, linda amiga del dulce sonar…”!), pero al mismo tiempo piensa que tampoco el común de los cazadores conoce esa música (“Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”).

 He tratado de explicar a los chicos que la caza es, o puede ser, otra cosa bien diferente de lo que ellos conocen. Que el cazador digno y honesto con el animal jamás toma ventaja sobre él. Que el verdadero cazador no se apasiona por las herramientas de su oficio más allá del correcto funcionamiento y las considera un medio, nunca un fin (sería algo tan ridículo como el pescador que estimase más caña, sedal y carrete que el propio fin de pescar). Les dije también que el cazador verdadero no caza para llenar un tablero de capturas o adornar las paredes de su casa con despojos. Que la cualidad venatoria no te mide por el “tanto matas, tanto vales”, sino que eso pertenece más bien al lenguaje de mercenarios, terroristas y asesinos a sueldo, y nada más lejos de la venatoria. Les hablé de la pasión en el corazón y la cabeza fría del verdadero cazador; del amor a la dificultad, del desprecio a lo fácil.

 Constaté con ellos que nuestras herramientas son mortíferas, terriblemente mortíferas. Pero que en manos de un cazador verdadero sólo son usadas en el momento preciso y del modo más certero para eliminar, en lo posible, el sufrimiento. No les convencí, sienten verdadera aversión contra las armas de fuego. Son pacifistas por naturaleza y aborrecen todo aquello que huela a muerte, a sufrimiento, a dolor. Quieren creer que el hombre es bueno por naturaleza, como decía Rousseau, y no, como afirmaba Hobbes, que el hombre es lobo para el hombre. Quieren creer y sentir que el ser humano todavía tiene un futuro que culminar y un destino que cumplir. Son ingenuos, tal vez, pero yo les admiro y respeto por ello. ¿O acaso vale más la experiencia taimada y llena de cicatrices que el idealismo de estos chicos?

 Curiosa generación ésta de los 18-20 años que no aspira a la normalización democrática –como mi generación- porque ya la tiene; que piensa que la democracia no es un fin en sí misma, sino un camino. Que opina que mejor que el dinero es la autotranquilidad y la justicia. Es la generación que viene, son los próximos y los que harán –esa esperanza tengo- que Reagan y Gorbachov dejen de jugar con misiles como si fuesen canicas.

 Y hablando, hablando –en lugar de hablar de Benedetto Carchi, Pietro Bembo o la Florencia de los Médicis- llegamos a los sabuesos. Les conté que era aquello; cómo el cazador con sabuesos busca al animal por medio de sus canes, deleitándose en deshacer la correría nocturna del animal, desvelando su misterio. Cómo hay algo casi mágico en seguir ese sendero impalpable, escrito tan solo en unas minúsculas partículas odoríferas, repartidas aquí y allá. De qué modo vamos, poco a poco, lentamente “descuidando” a la presa, entendiéndola, comenzando a verla cuando aun es invisible. Siempre bajo el son magnífico de la garganta del sabueso.

 En ese momento, toda la naturaleza es nuestra. La poseemos, la gozamos como el mejor de los amantes, pero con su consentimiento, sin traición alguna. Ella nos ha abierto la puerta, dejando entrar y compartir su misterio.

 Una brizna, un soplo de aire frío, una nube que se forma a poniente, nada nos pasa desapercibido. Somos como el monte taoista, no inmerso en la naturaleza, sino naturaleza misma.

 Y de pronto, emoción renovada una y mil veces aunque prevista, salta la pieza y comienza el verdadero combate, la vieja fuerza de poder a poder entre el sabueso y la pieza, entre el predador y el herbívoro. Pero sin trampas, sin fusiles que inclinen la balanza a favor de nuestro aliado. Por ello siento pena de los taimados que disparan de salida, de los medrosos e inseguros que, cobardes de que la presa gane la batalla, siegan en flor la mies del combate, sin cumplir, sin dejar ser.

 A mí me da mucha pena matar una liebre y ruego al lector me crea porque es la pura verdad. Me da mucha pena romper ese milagro vivo, esa posibilidad natural.

 Un ser que es único y forma parte del paisaje, como la nube o la roca, no merece una muerte innoble. Hay una concepción del mundo y de la vida absolutamente terrible en aquellos hombres para quienes un animal no es vida o paisaje, sino algo material, inmediato, un trozo de carne que se mueve y debe ser detenido en su marcha.

 Cuándo algunas veces he hablado de la caza con sabuesos levantando, persiguiendo o forzando la liebre, todos los argumentos que me han dado en contra han sido del tipo: “Vas a perder el tiempo”, “Vas a coger tres o cuatro liebres al año” o “en estos terrenos no se puede coger una liebre a carrera”. Siempre respondí que yo al campo no voy a ganar tiempo, sino a perderlo, que después de haber cazado muchas liebres a tiro, el número no me ofrece aliciente alguno y que en estos terrenos se puede coger la liebre si se tienen buenos perros en suficiente número.

 Me agradan esos pescadores de mosca que devuelven indefectiblemente al agua las truchas que capturan. Querámoslo o no, son más pescadores que los demás, y su actitud deja bien claro que su objetivo es la captura misma, no la presa.

 Tal vez algún lector se escandalice de mis opiniones, no lo sé. Aquí tendemos a tomarnos todo muy “a lo macho”.

 Pero yo sé, como mucha otra gente y basta con poner atención, que la sociedad actual está cambiando a pasos muy rápidos, que ya no estamos en el mundo postguerra en el que muchos de nuestros representantes y autoridades cinegéticas se han quedado instalados. Hay algo profundamente rancio –en el peor sentido- en el aroma que destilan.

 Por ahí no vamos a ninguna parte. Voy a decir algo terrible, pero con plena conciencia de mis palabras: o nuestros modos y modales cambian o dentro de un par de generaciones más llegamos a la prohibición de cazar. No se olvide que los futuros políticos y legisladores están hoy en las aulas universitarias.

 Debemos primar los aspectos éticos y deportivos; potenciar los modos de caza menos destructivos; tender a eliminar paulatinamente las masacres de animales; ridiculizar el “tanto matas, tanto vales”.

 Y en esa procesión, los que escribimos sobre temas cinegéticos llevamos o deberíamos llevar, la vela encendida.

 Yo no se sí les habré convencido a ustedes de algo; probablemente, tampoco a mis alumnos, pero puedo asegurarles que, cuando menos, me gané su respeto.

 Francisco Prieto Ortuño

 

 

 
< Anterior   Siguiente >