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Recuerdos de un sabuesero de antaño
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La perra “Balada” enfiló el camino delante de los otros; casi al instante se tocó y enfiló al trote. “Penitente” olfateó alto sobre la maleza y erizó el pelo partiendo tras la perra; así, uno detrás de otro, todos los canes sin excepción. OOUUUUGGGHHHH.........OOUUUUGGGHHHH.............OOOUUUUGGGHH
TRAS EL LOBO.......CON LOS POITEVINOS Nota del recopilador.- la persona a que hacen referencia estas memorias tuvo la generosidad de hacerme partícipe de sus recuerdos y depositario de siete volúmenes manuscritos en los que hilvana toda su vida de sabuesero; vida muy dilatada en el tiempo y en la experiencia. Recientemente sobrevino el desenlace, no por esperado, menos fatal: la muerte vino a llevarle a los cazaderos del más allá en los que latirán, sin duda, sus queridos sabuesos. Allí está San Huberto, el de Aquitania, nuestro santo patrón; que él le guíe y Dios le acoja en su seno. Descanse en paz el Sabuesero de Antaño..................
Es poco lo que me queda, amigo Ortuño, y me gustaría deambular algunos recuerdos. No son importantes, créame, pese a que usted se empeñe en lo contrario. La vida de un hombre, su vida completa, es algo más que unos recuerdos de caza; sin embargo, la caza y los sabuesos forman parte inseparable de la mía. Cómo dice nuestro primer poeta vivo, D. José Bergamín: “Se apagará en tus ojos la risa de tu alma y de tu corazón se apagará la llama, y una pena infinita, una noche sin alba como un velo de sombra cubrirá tu mirada Como le digo, hice muchas cosas en mi vida y una de las que más placer me procuró fue viajar. Entre todos mis viajes, ninguno tan memorable como él que me llevó a conocer al finado Conde Le Coulteux de Canteleu. Tengo aquí su libro, su gran libro; como puede ver está dedicado con aquella letra amplia y generosa que el buen hombre usaba. Cuando le conocí él estaba entrando en la ancianidad y yo era un mozalbete con una recién terminada carrera que no me satisfacía. Su recuerdo, esta dedicatoria, me han acompañado siempre... “Manual de Venatoria”, por el Conde Le Coulteux de Canteleu.... Ha sido mi breviario, mi libro de cabecera. A él acudí siempre que andaba perdido entre las incontinencias de nuestra caza...¿Y sabe por qué Ortuño? Porque estos sabueseros han sabido conservar algo que nosotros teníamos en grado sumo y perdimos: la pureza de la caza con sabuesos. No crea usted que en el pasado tenían más que nosotros, no; cuatro o cinco tipos de canes, los mismos que aquí, y unas formas de caza similares..., pero han sabido velar por lo suyo. Mi historia comienza cuando, joven e impaciente, quería lo mejor, sólo lo mejor en mi recova. Había yo leído en el Anuario Agrícola y de sports, que recibía mi buen padre puntualmente, ciertos hechos cinegéticos que aludían a un señor Conde de Canteleu, él cual habitaba en un lugar llamado Longeverne en el corazón del Poitu. Con la osadía de mis pocos años, y el permiso de mi padre, me puse en camino con un doméstico y un veintitrés de noviembre, arribé al villorrio cercano al castillo que habitaba nuestro hombre. Como usted sabe, pocos paisajes emocionan tanto al amante de la naturaleza como aquellos cercados bosques Poitevinos; bosques impenetrables en los que parece anidar siempre una sombra antigua y melancólica prendida en la niebla que, como gasa perlada, rodea caminos y mansiones. Bosques tan queridos a nuestro Álvaro Cunqueiro, quien supo como nadie –desde su Galicia- describir el misterio de los bosques normandos y bretones. Apenas llegado, envié con mi doméstico una nota indicando mi pretensión y circunstancias; de vuelta me fue entregada otra en la que se me instaba a presentarme en el castillo a la hora de cenar. Podrá usted figurarse mi puntualidad. A las seis estaba ante las puertas de la noble mansión. A mi llegada el Conde estaba dando cortos paseos por el vestíbulo. “Buenas noches, querido señor, sea usted bienvenido”, me dijo a la par que me tendía la mano. Atravesando el lustroso vestíbulo dimos en el salón; una enorme pieza rectangular en cuyos muros pude contemplar hermosos tapices representando temas de venatoria. Componiendo el espacio, con refinado, pero enérgico gusto, trompas de caza, sables, picas, una soberbia colección de escopetas y, por encima de todo, un excelente conjunto de pinturas entre los que recuerdo, particularmente, ciertos estudios breves al óleo salidos de la mano de Desportes; una emocionante “caza al lobo” de Vouet, en la que se representaba a la formidable bestia agotada y haciendo frente a una jauría compuesta de canes blancos y negros que no podían ser otros que los antiguos canes de Saintonge, hoy desaparecidos por desgracia, y qué, de hacer caso al Marqués de Saint-Legier, serían los más tenaces y resistentes sabuesos de persecución que existieron jamás. En mitad de la habitación, una mesa de Taracea sobre la que descansaba un mármol de Paros representando a Diana rodeada de sus perros, obra del cincel de Jean Goujon. Por fin, entre dos amplios ventanales, algo que me emocionó; una copia del Felipe IV en traje de cazador, por Velázquez. -“Admiro profundamente a vuestro primer pincel, Don Diego Velázquez, tanto como admiro a vuestro primer autor cinegético Don Juan Mateos”, me dijo mientras se dirigía a una bien nutrida biblioteca, capaza de despertar envidia en todo amante de la venatoria aficionado a su historia y sus textos. Allí estaban todos los antiguos tratados y libros de caza que uno podía desear. En cuanto a mi buen Conde Le Coulteux, aquí tiene usted su retrato; pasando de los setenta, apenas podían calculársele sesenta de puro magro y fornido que era. Derecho como un esparavel, musculoso y proporcionado. En el interior de aquel hombre se sentían unidos la fuerza y la ligereza, lo recio y lo delicado. Su rostro era acogedor, aunque de mirada melancólica y detrás de sus ojos atentos veíase cierto deje triste; la nariz correcta, boca amplia enmarcada por un mostacho al estilo de aquella época. Frente ancha y descubierta, coronada por una masa de cabellos ya completamente blancos. Por lo que pude saber de su vida, pertenecía a una aristocracia de la tierra que iba desapareciendo lentamente. Había tenido una juventud ciertamente movida y tormentosa de la que se cuchicheaban aventuras galantes y desafíos. Cierto día, en su juventud, desapareció y se supo estaba huido en Inglaterra; se habló de un duelo a pistola. Por entonces, también se dijo que había desbancado a los masters cazando en su terreno. Fundó el Tensión Horse and Hound y de allí trajo una hermosa damita con la que casó a la edad de treinta años. De gran voluntad y energía por lo común, solía caer periódicamente en grandes depresiones durante las cuales tunbábase indolente en cualquier Chaise longue y se estaba así días enteros sin pronunciar palabra; la vida, después de la cuarentena, no le había tratado demasiado bien. Perdió pronto a su esposa y desde entonces, se había retirado del mundo y no atendía sino a la caza. Nacido sabuesero por cuna y tradición había terminado por instalarse en el viejo castillo familiar, llevando vida de eremita. Sportman distinguido como era, se distraía en la crianza de canes y caballos, arte que habiéndolo aprendido junto a los maestros ingleses, dominaba a la perfección. Como supe más tarde, era muy popular y agasajado como sabuesero y sus conocimientos se estimaban en mucho. Le llovían invitaciones de todas partes, pero no acudía a ninguna; aunque, a veces, por llevar la contraria, aparecía en medio de una gran cacería a condición de figurar en primer rango. Mejor dicho, de que sus canes fueran los principales actores del drama. Pasaré por alto la visita a las caballerizas y las maravillas que allí pude ver, pero ya habrá comprendido usted el gran efecto que en mi joven ánimo causaban todas aquellas cosas; con que admiración miraba yo una y otra vez a aquel hombre que me parecía la encarnación misma de todo cuánto deseaba ser. La visita a las perreras, la recuerdo, amigo Ortuño, como si fuera ayer mismo. Colocadas a levante y situadas en uno de los patios, estaban partidas en cuatro por sendas paredes y allí se albergaban dos razas. En la primera y segunda, machos y hembras de la raza poitevina, tan hermosos como no los había visto en los grabados. ¡Qué poder y ligereza tenían aquellos canes! Todo su ser exhalaba un aura de fuerza extrema pero, sin embargo, la sensación total que uno percibía era de ligereza, casi diría de gracilidad. El más hermoso sabueso del mundo, querido Ortuño; en su formación, debida a la insigne mano del Vizconde Emile de la Besge, que podía adivinar la gran raza del alto Poitu, los Larye, Céris y Montemboeuf, sabiamente dosificada con unas gotas de sangre inglesa. Yo entonces, era demasiado joven para saber de estas cosas, pero mi buen Conde quiso explicármelo. -Estos canes, joven caballero, son el legado del llorado señor de Besge, quien, debe usted saber, ha sido el más formidable forzador de lobos que ha existido en mi país desde los tiempos de Robert de Salnove. Mi desaparecido amigo utilizaba los antiguos canes de esta región llamados por nosotros canes de Larye, Céris o Montemboeuf, según el apellido de su criador. Eran excelentes cazando el lobo, pero tenían un defecto que es común a las razas de mi país; carecían del fondo necesario para dar alcance y poner en las últimas al rey del bosque. Sin embargo, eran dueños de un gran olfato, de una nariz exquisita, lo que los convertía en buenos rastreadores y levantadores. En el país de Saintonge eran conservados por algunos señores, entre ellos el también desaparecido Marqués de la Porte-aux-Loups, ciertos canes llamados por nosotros Saintongeoises que eran sabuesos loberos de cuna; eran canes de mucha alzada, ligeros como el viento y de una resistencia tal que devenían inagotables por días que pudiera durar la cacería. En contra tenían que eran pésimos rastreadores y levantadores y su delicadísima constitución. Mi buen amigo La Besge había cruzado ambas razas, adobándolo todo con unas gotas de sangre inglesa con el objeto de mejorar la osamenta y salud. Tenga usted por cierto que hoy no existe en Francia sabueso de tal resistencia, olfato y velocidad; perseguido por los Poitevinos, puede estar seguro que no existe animal de caza que no sea agotado y llevado hasta la misma muerte; son además, canes de cambio desde la sangre, con ellos se puede confiar en que perseguirán a su animal y sólo a ése hasta el agotamiento. Yo escuchaba embelesado; allí me señaló los punteros: Gencay, Silbador, Filante y Penitente... Al otro lado, unos canes que jamás había visto: eran como sabuesos enormes, pero con unas patas muy cortas; aunque rectas, la panza casi por el suelo. -es mi obra, será mi obra ante la posteridad como la raza del Poitu, lo es del llorado la Besge. En ella estoy empeñado, junto con mi buen amigo el señor de Lane. El Conde debió notar mi extrañeza y aún mi aire incrédulo porque me espetó: ¿Qué opina usted de mis criaturas, joven caballero? . No me atreví a dar una respuesta clara, me intimidaba aquel hombre. Al fin, balbucí “no creo que puedan correr mucho”. El rostro de mi anfitrión, se iluminó en una sonrisa: “no son para correr sino para oler; correr, ya corren bastante los Poitevinos. Estos canes, que Monsieur Lane y yo llamamos Bassets, son todo nariz. Están hechos para la liebre, para la fina y astuta liebre; la que burla y enreda a los canes que corren mucho”. Ya sabe usted, querido Ortuño, que canes motivaron mi sorpresa. Años más tarde los ingleses los reubatizaron con el nombre de Basset Hound; allí estaba la verdadera fuente, el autor que estaba creando la raza. Había partido de algunos Bassets de tipo rústico que había encontrado salpicando los bosques y había metido una gran aportación de sangre de los canes de Artois y de Normandia, hoy desaparecidos. Ambas razas eran grandemente estimadas por su finísimo olfato; el Artois era un verdadero sabueso de liebre y, cuentan que en el llano no tenía rival siendo superior en mucho a las razas inglesas y sólo encontrando parangón entre los canes de Porcelana o Franco-Condado y los ariegeois. Del verdadero can normando se decía había dado fondo y perseverancia a todas las razas francesas, aunque se opinaba era demasiado lento y con tendencia a quedar pegado en el rastro. Mi anfitrión quiso sumar virtudes y eliminar defectos; pude ver cazar a sus Bassets y le aseguro que pasé días inolvidables, pero ésa es otra historia. En el centro de las motivaciones de nuestro buen Conde estaba el deseo de crear una raza específica para la liebre al tiro, esto es, cazar la liebre con escopeta pausadamente. Tenga usted en cuenta que aquellos sabueseros ocupaban en la caza, prácticamente todo su tiempo y, tras abatir a fuerza a un lobo, venado o corzo, gustaban descansar cazando a vuelta y con escopeta la liebre. Tras una cena que no puedo por menos de calificar de exquisita (truchas frescas, lomos de liebre en salsa cazadora, cangrejos, unas deliciosas confituras, todo bien regado por un Burdeos de buen cuerpo y un afrutado saumur), mi anfitrión me hizo pasar a su despacho para continuar hablando de nuestros temas. Finalmente me acompañó hasta la puerta de la alcoba que me estaba destinada. Desde antes de la salida del sol, yo estaba levantado, nervioso, asomándome a las ventanas. Admiraba, casi en tinieblas, la hermosa vista que rodeaba el castillo; delante una pradera en la que se veía fresquear el rocío. Grandes hayedos y castaños bordeaban la pradera, elevando sus brazos desnudos hacia el lugar por donde el cielo se incendiaría al alba. Un pequeño arroyo, serpenteando y dando asomadas entre los árboles con su luz fría y plateada, iba a perderse mansurrón hacia el soberbio macizo de robles que enmarcaba el horizonte. El Conde me había prometido una cacería al lobo con toda su jauría poitevina y el corazón me brincaba en el pecho. Perdóneme usted estas licencias poéticas que Antonio Covarsi hubiera leído con menosprecio, puesto que en sus libros “ni susurra el arroyo, ni los pájaros cantan, ni siquiera se mueven las hojas de los árboles”; y digo yo, querido Ortuño, que en lugar tan desapacible e inhóspito como él que Covarsi describe en ese párrafo no valdría la pena cazar. ¡Pobres de espíritu quienes creen que la caza es sólo huracán de pólvora y sangre! ¡Y más pobres todavía quienes llaman virilidad a lo que no es sino dureza del alma! Perdóneme otra vez porque a mi edad es muy difícil mantener la cabeza en un solo sitio. Cuándo hubimos desayunado, salimos al patio delantero. Ante la puerta su ayudante tenía ensillado los caballos y atraillada la jauría; además una pareja de mulas cargadas hasta las orejas en las que, supe después, iban todos los pertrechos y vituallas. -¡Santo Dios, esto parece una verdadera expedición!- dije al Conde. -Qué quiere usted, caballero, soy hombre precavido. Amante de la caza del lobo, debo hacer grandes desplazamientos corriendo detrás de ellos con mis canes. No me gusta pedir hospitalidad y prefiero dormir en mitad de los bosques o donde la noche me sorprende. Me gusta llevar provisiones para quince días cuando menos; y en cuanto a canes y caballos, suelen dormir bajo una lona impermeable que una de esas mulas lleva cuidadosamente doblada. Así no necesito nada y nada pido. Estamos muy acostumbrados y no tiene ningún merito especial, es cosa de hábito. Mire usted por donde me vi metido en aquella cacería en compañía de una persona que, sin yo saberlo entonces, formaría parte de la historia de la caza con sabuesos. Una vez subidos a nuestras monturas, el Conde no volvió a decir palabra y respeté su silencio al darme cuenta de que dormitaba. Atravesamos dos pequeños pueblecitos de que no recuerdo el nombre; al fin a los lomos de una colina, distinguí una casa rodeada de grandes castaños; más allá se extendían las masas de bosques hasta perderse la vista. Corriendo hacia nosotros, desde la casa, venía un enorme perrazo con intenciones aviesas. El Conde no le dio tiempo a llegar; gritó los nombres de dos de sus canes que venían detrás entre la ordenada jauría, los cuales se lanzaron como furias del averno contra el perrazo. Sólo pude oír un lastimero gemido y alcancé a ver al atrevido can en franca huida con el rabo entre las piernas. Unos cuantos km adelante, el Conde detuvo su montura y descendió haciéndome señas de que no me moviera. Al poco, un rapazuelo, casi un niño, brinca al camino y se destoca ante el Conde con gesto no exento de gracia. -Buenos días, mi señor Conde -Nos de Dios, jovencito ¿Viste a René? -Dos horas ha que pasó por aquí, señor. -¿Y de mi lobo? -Padre me encargó deciros que vino anoche y se llevó un ganso. Esta madrugada, padre marchó en pos. -Bien, mi caballero español –dice dirigiéndose a mí- parece que tendremos pieza que ofrecer a los canes. Diciendo esto y arrojando unas monedas al muchacho, dio un salto ligero para alguien de su edad, ensillando sin dificultad alguna. A los pocos minutos parecía dormitar de nuevo. Aquel silencio, aquel aparente desinterés comenzaban a ponerme nervioso. Estaba yo en mi juventud bien lejos de comprender que para el sabuesero experimentado la caza no es un motivo de fiestas ni alharacas, sino algo perfectamente serio y tan natural como beber o comer. Con el tiempo y la edad aprendí que nada hay peor como dar excesiva importancia al lado superficial de la caza, pues entonces sobre valoramos tanto lo trivial que olvidamos lo importante. -La caza no es un juego, caballero –me dijo de pronto el Conde como si estuviera leyendo mi pensamiento-. Perseguir a un animal hasta darle muerte no tiene nada de juego ni de fiesta. Jugar, lo que se dice jugar, podíamos haberlo hecho tranquilamente en la casa; conozco infinidad de juegos de salón que podrían entretenerle sobremanera. Créame que si nos ponemos en camino dispuestos a dar muerte a este dichoso lobo, ello no puede tomarse a la ligera; conozco por desgracia demasiados cazadores, o así les gusta llamarse en público, a los que sólo verá usted vestir sus galones, terciar la trompa y poner el pie en el estribo los días de grande solemnidad. No los busque usted para la cacería de menos brillo, pero más autentica porque no los encontrará. Son esa clase de gente que, si por alguna casualidad, ven cazar mi jauría u oyen alabar alguno de mis canes, siempre se preguntan que diablos de líneas tengo en mis perreras. No se dan cuenta que para tener buenos canes hay que estar a las duras y a las maduras; para forzar un lobo (o una liebre) hay que haber perdido muchos rastros de lobo (y de liebre). Son parecidos a aquellos otros que habiendo cazado una o dos temporadas con la jauría de algún maestro que la tiene buena ya se creen que lo saben todo; no se dan cuenta de que los canes buenos resuelven ellos mismos las dificultades y para nada necesitan de sus dueños, sino es para darles ánimos. Póngalos usted con canes mediocres o jóvenes y no entenderán nada de nada; se mesarán los cabellos preguntándose como diablos será la liebre tan inteligente y su can tan torpe. No, joven caballero español, no es este oficio para tomarlo a la ligera ni sobre valorar el éxito o venirse abajo por el fracaso. A la altura de un estrecho sendero que se perdía hacia el interior del macizo boscoso, el Conde abrió de nuevo sus melancólicos ojos grises y me dijo que en diez minutos habríamos llegado. Entonces dio un fuerte silbido y otro de igual intensidad vino hacia nosotros. Era la contraseña que René, el criado y ayudante del Conde, nos enviaba. -Bien, habrá usted escuchado un solo silbido en respuesta al mío. Eso quiere decir que tendremos lobo. Espero hacerle asistir a una buena cacería; podrá ver mis Poitevinos trabajando y elegir los que le gusten, excepto “Penitente”. No está en venta a ningún precio. Hicimos alto; René esperaba sentado sobre un tronco teniendo atraillada en un largo cordel atado a dos árboles toda la jauría. -Buenos días, mis señores. He rastreado el lobo y acabo de ver una huella fresca que entra hacia lo profundo por la parte de Pléssis. El Conde Le Coulteux agradeció vivamente la información y me dio algunas indicaciones acerca de mi montura. -Es todavía joven, pero conoce bien su oficio y es bien nacido como su madre. No tiene usted más que dejarle hacer. Nos dirigimos al lugar señalado por el perrero. La perra “Balada” enfiló el camino delante de los otros; casi al instante se tocó y enfiló al trote. “Penitente” olfateó alto sobre la maleza y erizó el pelo partiendo tras la perra; así, uno detrás de otro, todos los canes sin excepción. Le Coulteux me lanzó una mirada divertida. Nos estrechamos la mano y partimos en pos de los canes. El levante duró más de tres horas, la bestia negra había pisoteado todos los caminos. Por fin, uno de los canes punteros nos ofreció una hermosa aria solista con su voz entrémolo: todos los demás acudieron relatiéndose gozosamente. Le Coulteux se volvió bruscamente, el rostro antes tan desvaído ahora con una vivida expresión, y me dice en tono enérgico: “ahora atención, jovencito, sobre todo, no me pierda de vista. Deje hacer a su montura, conoce bien el terreno y no abandonará la caza...¡escuche!. en efecto, una algarabía como no he vuelto a escuchar en todos mis años de sabuesero estaba teniendo lugar. Le Coulteux picó espuelas y apenas a tiempo de oírle decir “al levante”, ya que mi montura, al ver arrancar a la suya, partió en galope tan fiero que por poco da conmigo en el suelo. El Conde, al poco tiempo, estaba encima de los canes; pasaba por encima de todo, ningún obstáculo parecía capaz de detenerlo. Yo a cada momento estaba temiendo estrellarnos contra alguna rama baja o caer sin remedio en una de las muchas fosas que atraviesan los bosques del Alto Poitu. Mi caballo seguía al suyo como el espíritu al cielo; felizmente para mí. Le Coulteux no se había equivocado: aquella montura podía llevarle a uno hasta las mismas puertas del infierno y aún pasar dentro. El lobo tomaba un tren endiablado, apenas podíamos seguirlo. Los canes, sin embargo, lo seguían al pelo lamiendo su rabo más alto kilómetro tras kilómetro. Bosques, caminos y caminos iban desfilando incansables y monótonos. Yo había perdido la noción del tiempo y la distancia. Aquellos enormes bosques, en realidad uno sólo, cortado aquí y allá por senderos cortafuegos, mareaban mi espiritu haciéndome pensar que había entrado en una salvaje y fantástica galopada que no pondría fin como aquella que en “Las Crónicas de Sochantre” atrapa al pobre bretón. Estaba seguro que sólo un hilo endeble separaba este mundo del otro y tal hilo no era otro que aquella persecución de la bestia negra, que arrastrándonos en sociedad, acabaría por romper nuestros pobres cráneos contra algún peñasco o abismo insondable. Aquello era la vivida representación de la danza de la muerte y los latidos espantados de los canes, su música. Cuándo rayaba el atardecer por encima del bosque, que comenzaba a ponerse azul en esa última hora, azul, que me parecía por entonces –incapaz de juzgar su belleza, pues estaba aterrado por el miedo- como el color del apagarse de la vida y oteaba por la bestia, apenas anochecido, vendría a nosotros todo su poder satánico y nos arrastraría a las profundidades en que yo ponía su morada; cuando la noche se venía encima, digo, llegamos a orillas de una charca. Mi anfitrión me hizo señas con la mano y paramos las monturas. Vile desdecir y mirar insistentemente al suelo; después me llamó con la mano y nos dirigimos a la orilla que quedaba a mano derecha. Tomamos el paso y me dijo con cara de satisfacción –cabalgue hacia el sendero de enfrente, ahí estará bien; sobre cualquier otra consideración, no haga ruido, mire simplemente y consigamos rematar aquí lo que, de otro modo, podría prolongarse toda la noche-. Después partió al galope. Me aposté en el sitio indicado y pude darme cuenta de que temblaba, y sin embargo no tenía frío. Me pregunté si acaso la locura no se habría apoderado de mí; no se explicarle bien lo que me pasó, pero algo desmesurado, que venía desde el fondo de los tiempos, atenazaba mi garganta y mi corazón. Sentía alternativamente calor y frío, sudores y tiritera; sentía el corazón brincar en el pecho y al momento sentía ganas de esconderme, regresar a mi casa y estar tranquilamente solo ante un buen fuego, con los pies en el suelo. En estas reflexiones andaba cuando escuché claramente a los canes que se dirigían poco más o menos hacía donde yo estaba. Venían a todo tren, como si llevaran la bestia delante de los hocicos. A distancia, agrandado por los ecos del bosque, su latido revelaba en la imaginación cierta cosa desgarradora; nunca había oído latir así a can alguno y nunca lo he vuelto a oír. De repente, mi caballo empinó las orejas; miré con todas mis ganas y debo confesarlo, con todo el terror del que era capaz (y diré que no era miedo físico al lobo sino algo más profundo, más inexplicable) y lo que vi me hizo asirme fuerte a la silla: un lobo enorme que, nariz al viento, olfateaba el aire que debía cargarle. Los canes llegaban veloces como el viento, la bestia dio un salto a la izquierda y desapareció, dirigiéndose hacia las landas en que estaba Le Coulteux. Inmediatamente oí la trompa del Conde y lo vi atravesando unos juncales gritando como un desaforado “al lobo, al lobo ¡pica Penitente! ¡Atrapa Silbador!”. Los dos canes de la raza de Persac, los increíbles Poitevinos, cayeron sobre la bestia como demonios. Reculando para defenderse, hizo frente a Penitente justo en el momento en que uno de sus compañeros saltaba sobre sus espaldas y le agarraba por la parte del cuello cercana a la cuna con sus largas mandíbulas de hierro. ¡Espléndida batalla, amigo Ortuño!; todo el miedo ancestral que había sentido dio paso en unos segundos a la emoción directa y caliente del combate por la vida. La bestia se defendía bravamente, pero pronto llegaron refuerzos; varios canes se le echaron encima mientras Silbador y Penitente lo sujetaban por los cuartos traseros. Al poco tiempo, la jauría estaba encima remordiéndose; la bestia había perdido la oportunidad de sobrevivir. En un segundo descubrió la garganta, momento preciso en que Furiosa cerró la tenaza sobre el cuello de su adversario. Entretanto, Filante le desgarraba el vientre y los demás, literalmente, lo devoraban. Lo que antes fue lobo y ahora es poco más que un despojo sanguinolento, cae de costado; una baba teñida en rojo se descuelga por su boca abierta, que parece querer aspirar trabajosamente el último soplo. La lengua, cuelga, violácea; los ojos se le abren desmesuradamente, las patas se agitan en el vacío, el rabo se le queda rígido en el último espasmo. La bestia ha muerto. -¡Halalí mis bravos canes! –gritaba el Conde transfigurado, en el colmo de la excitación. Después los agrupa, acariciándolos, diciéndoles requiebros y palabras suaves. Como un padre solícito, saca dos frasquitos de la silla y comienza a curar los heridos. Mientras tanto, había anochecido y, gracias a la escasa claridad, pudimos regresar hasta el lugar de cita con el perrero, quien nos esperaba con un buen fuego encendido y las lonas, cogidas con palos, bien dispuestas. Entonces pude apreciar la previsión del Conde. A invitación suya, imitándole, me quité las botas. Sacó de la alforja dos cobertores y una lata en que venía jamón, mantequilla y pan. Restauramos fuerzas y nos acostamos. Antes de dormirse, el Conde me dijo “mañana saldremos a cazar con una pareja de mis Bassets, creo que se divertirá. Verá usted por qué los Bassets no necesitan correr”. Diciendo esto se acomodó entre los cobertores y, al poco, pude darme cuenta de que estaba profundamente dormido. Cazamos con los Bassets, según lo prometido; pero ésa es otra historia que otro día contaré. El Sabuesero de Antaño Francisco Prieto Ortuño.
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